Hierve la sangre también en la distancia. Llevo tres horas seguidas en el ordenador recolectando las imagenes que llegan desde Madrid. Hoy más que nunca he sentido la ausencia de un mundo llamado España y su situación, su corrupción y su frustrante cura. Lo más duro de todo es ver en los vídeos que entre el pueblo y su soberanía sólo se encuentran las marionetas azules que esgrimen una obediencia ciega al deber como si un deber ciego mereciese obediencia, como si el verdadero deber tuviese algo que ver con la obediencia, perros bastardos. Estado policial y gracias por tu voto. Me gusta hacer el ejercicio mental de apartarlos con la imaginación y contemplar a la gente junto a los leones del congreso y pisando, vencedores, las alfombras del parlamento. Quitando de la deuda española el ochenta por ciento, es decir, la deuda privada, pero yo estoy aquí en Praga, escribiendo sin luz para no despertar a mi compañero que ronca plácidamente cuando no dice cosas extrañas. Me advirtió que suele tener pesadillas, muy buena gente.
Ya que he comenzado por las frustraciones no pienso dejarlas todavía. Ayer asistí a mi primera clase: "Pursuit of Democracy and Freedom (independent political thinking in the communist Czechoslovakia)". El profesor, un chico joven al que le queda muy bien el rollito "soy profe en la uni", nos preguntó: -¿Qué pensáis que es el comunismo?- Y como esta clase pertenece a un curso especial pensado para alumnos americanos no tardó en hablar la CIA a través de uno de sus representantes, que concluyó con mucha seguridad algo así como "el comunismo es un sistema sin mucha libertad y que no funciona con la "naturaleza humana" (profundo concepto antropológico) en el cual uno no podía tener un coche porpio"...olé, y yo partiéndome la cabeza leyendo a Marx cuando todo era tan sencillo... bendita ignorancia, qué valiente hace a la gente. Qué semejante es la arrogancia de una opinión como esa al arrojo patriótico de los antidisturbios.
Pero no todo son frustraciones. Cuando estoy más relajado leo a Cortázar, jugando a su rayuela y buscando en internet las perlas de Jazz que van regalando sus páginas, entonces salgo con la gente de aquí por el centro de una ciudad más allá a la que vamos en un tranvía que creo que no hay que pagar y que pago cuando dejo de creer, y con la excusa de poder preguntar ¿de dónde eres?,¿qué estudias? o ¿dónde estás viviendo aquí, en Praga?, voy conociendo a más y más gente, y voy entrando en calor con el mundo checo y universitario junto a otra octava jarra de cerveza, volcando el vaso hasta que caen los últimos minutos de espuma, y otra vez, el tranvía, volviendo a creer.
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