Guardo en la memoria una vida de palabras de arcilla fría que se calientan con el sueño y las moldea la escritura. ¿Y porqué no? Recuerdo que entré en una iglesia sin pagar por primera vez en mi vida, un cigarro perfecto, unas cuantas cervezas que me regalaron sin querer, mucha gente bailando con la música o con la gravedad, y que me fui mordiéndome los labios porque no sabían a los míos.
Son las 6:30 de la mañana y hace un frío horrible, estoy con Katie y con Bryonie esperando al autobús que acerque Budapest hasta nosotros. Frío y cansancio. El viaje dura ocho horas que duermo de dos en dos; cada vez que despierto estoy tan desorientado como el abrigo que enredo de mil maneras para que de una puta vez haga almohada, y como siempre, en lo que pienso que no puedo dormir, me duermo. Amanezco entre las piernas de otra amante, Budapest se llama esta vez, amante de tres días que me tienta a descubrir los lugares secretos que no le deja ver a los turistas, pero soy turista, mierda; acabo de llegar y ya me falta tiempo; intentaré perderme en ella, a ver si la encuentro. Y nos dimos prisa: Katie, Bryonie y yo perdimos la pista del grupo mientras nos tomábamos muy enserio eso de hacer el tonto, y caminamos bajo la lluvia de Budapest cantando "Lost in Budapest", una de esas canciones que improvisas porque no sabes si existen. Riendo fuimos allí felices sin darnos cuenta por no darnos cuenta de que eramos felices. Más tarde encontramos a los demás y nos fuimos al Szympla, punto de paso obligado en la capital de Hungría si tienes menos de sesenta años, si tienes más es altamente recomendable. El Szympla es uno de los sitios más raros en los que he estado en mi vida, lleno de cables y ordenadores viejos con imágenes psicotrípicas entre asientos de coche arrancados sobre los que te tomabas cervezas gigantes por algo menos de quinientos florines húngaros. Pero no es un sitio para bailar, por lo que acabamos en el "Roofbar" gracias a unas suecas que conocimos y que llevaban cinco semanas en la ciudad. El Roofbar es un infierno estupendo en un quinto piso, y cada escalón que subes de las escaleras entre paredes pintadas en mil colores y llenas de pegatinas aumenta un poco el volumen del drum n bass y el dubstep que suena en lo alto: ebrio y animado me quedé bailando con Eva y con Tasha, amigas inglesas de ese reino lejano llamado Hostivar, hasta las seis de la mañana y nos fuimos agotados tras treinta horas sin ver una cama. De camino rescatamos a una francesa que se había quedado sola y lloraba porque no sabía como volver al hostal, sus ojos eran más grandes que su cara cuando me vio... también hay quien llora al perderse, qué mal.
Al día siguiente fuimos a unos baños al aire libre dónde mi dignidad se asemejó a la de una ameba: flotar es mucho mejor que nadar. Cuando salías del agua entendías lo que debiste sentir al abandonar el vientre materno, y vuelta a flotar. -Ohh, qué placer térmicoexistencial- Entonces piensas en cosas como un perro persiguiendo su cola o una trepidante carrera de caracoles, hasta que veo que un adorable grupo de casi viejos húngaros están jugando al ajedrez. Como ameba que era moví el flagelo hacia ellos firmemente decidido a ser épicamente derrotado, y así fue: pido jugar y un hombre se pone conmigo, al principio me desprecia profundamente y mueve las fichas casi sin mirarlas, pero mis horas de frikismo krónico en internet hace unos años dieron sus frutos: le regalo una torre y me como su reina. A partir de ese momento le empecé a caer mejor y miraba con atención al tablero: agotado y feliz me llevo más orgulloso que Napoleón en los cuadros de David dos derrotas sublimes en noventa minutos de pura actividad mental en la que el cuerpo se convertía en una pasa, cómo me recuerda eso a la vida académica. Ya era hora de salir al mundo real. Tengo un mapa de Budapest, medio paquete de cigarros, 2000 florines y casi cuatro horas antes de que en el hostal me echen de menos. En la plaza de los héroes me doy cuenta de que me faltan las gafas de sol y un traje para sentirme On a mission from God como los Blues Brothers, pero estaba lloviendo y uno no estudia filosofía para no perderse; me puse a caminar entre las piernas de Budapest, y ya lo sé, que por muchas idioteces que escriba estaba allí principalmente porque tenía dinero, porque pude pagar aquel paseo entre sus piernas y no salen del barro sino del bolsillo ciertos fetiches de la bohemia, y ya lo sé, pero no lo digas muy alto que ya estoy en Praga otra vez y la dejé durmiendo, y es que ya casi ni la recuerdo, pero conservo el sabor en los labios que no saben a los míos, entonces me los muerdo y recuerdo Budapest: mi amada prostituta, volveremos a vernos.
Pozdrav z druhé strany
No está mal.. pero me gustó más la versión a la cara (porque estabas aquí.. xD)
ResponderEliminarSigue viajando y prueba el auto-stop.. que me han dicho que por el resto de Europa está mucho mejor visto que en España!
Milion polibky!
Me alegra lo que dices, el día en el que prefieras leer lo que escribo a verme dejaré de escribir.
ResponderEliminarMilion abrazos!