domingo, 11 de noviembre de 2012

Una demencia compartida


Primera escena de una demencia compartida:

-Soy un tipo muy peligroso- le advierto a Cristina.
-Pero si eres más dulce que un pan de leche- me responde ella desde el lavabo con acento gallego riéndose en el baño mientras yo meaba. Juro solemnemente que cuando a uno le dicen que es más dulce que un pan de leche con acento gallego -o quizás fuese un bollito- siente amablemente violada su virilidad.
-Los panes de leche no bailan en cementerios- sentencié yo con voz profunda y tenebrosa, pero Cristina se había ido y había llegado a tiempo para escuchar mi sentencia otra chica gallega a la que no conozco. Salgo del baño y veo que me mira curiosizada con horror, entonces la miro abriendo mucho los ojos y me marcho silbando la canción de los Lonney Tones.

¿Qué es la felicidad? -pregunta el narrador- Saltar como un niño sobre la cordura de los demás como si fuese una cama elástica  ¿Porqué como un niño? -insiste el narrador- Mira payo, porque los gitanos solo les dejan saltar a los niños en las camas elásticas. El narrador no entiende una mierda, pero no tengo tiempo para discutir con el narrador.

 Segunda escena de una demencia compartida:

- Ves las velas? En ese cementerio está enterrado Jan Patocka- dice Tania en inglés mientras volvemos a la residencia. A través de las ramas de los árboles se pueden ver cientos de puntos luminosos que parpadean sobre tumbas que a esas horas no se pueden ver.- Hace unos años solía saltar el muro para beber con unos amigos.
- Entremos- respondo al segundo también en inglés para que la comunicación sea posible (su eslovaco mucho mejor que el mío).
- Seguro?
-Claro: nunca me he colado en un cementerio a estas horas en este país- ella me mira de reojo con esos ojos de gato suyos que son más amarillentos que marrones y se ríe.

Una vez dentro paseamos a oscuras entre las velas que los familiares mantienen encendidas siempre para alejar al olvido de sus muertos. Tania camina como si estuviese en otro mundo, la resucito diciendo -bailamos? Es que nunca he bailado en un cementerio en este país a estas horas- esta vez no se ríe pero me ofrece sus brazos. Y bailamos la Cumparsita que yo tarareaba casi en silencio, y pienso que si yo estuviese muerto que los vivos no bailasen me parecería la más mortal de las faltas de respeto. Nunca me he sentido tan vivo, y miro a Tania, solemne y divertida está bailando con un español cuatro años más joven que ella en un cementerio -qué locura diría alguien cuerdo- para huir de la muerte. Seguimos buscando la tumba de Patocka (porque no la vamos a encontrar) mientras busco un epitafio que diga: ¡Oh!, ¡alguien puso flores en mi tumba! (porque seguro que no lo encuentro). Entonces le digo muy bajito a Tania: bailemos hasta que encontremos nuestros nombres en una de estas, y nos echamos a reír para no faltar al respeto.

Lo que más me gusta de los cementerios es que me recuerdan que estoy vivo. ¿Qué es la vida? -pregunta el narrador de repente- Pero mira que eres pesado...


Tercera demencia de una escena compartida:

Una niña le reprocha al niño que le gusta: ¡Odio que lo quieras entender todo!
El niño confundido le responde: pues no entiendo porqué.

Erasmus: Vaya palabra. ERASMUS: Vaya palabrota - a estas alturas el narrador está colgando de una cuerda a la que se sujeta con fuerza y cuello.- Qué exagerado -pienso.

Cuarta escena de una demencia compartida:

Un catedrático en filosofía y un niño de seis años encuentran al borde de un acantilado del lago más claro de la Tierra. Entonces aparece un mensaje que han de descifrar como última oportunidad para que la naturaleza no se marchite en el mundo. En el mensaje que se refleja en la superficie del lago se puede observar lo siguiente:

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

Ambos están asomados al precipicio desde el que se puede leer con claridad. El niño mira divertido, pero antes de que sea capaz de abrir la boca el catedrático se aleja del precipicio y comienza su disertación:

"No hay ninguna duda; veintisiete as mayúsculas; veintisiete letras tiene el abecedario sin contar con las compuestas; veintisiete as es la primera combinación de todas letras del abecedario, la primera combinación que alberga todas las posibilidades del lenguaje.-El catedrático excitado grita- ¡Ya lo entiendo! Lo que este mensaje quiere decir es que con las palabras todo puede ser conseguido, nos está criticando por olvidarnos de aquella facultad que nos hace humanos: ¡LA RACIONALIDAD! Divina ratio; ¡solo racionalmente podremos salvar este mundo, alejándonos de lo inhumano, de la violencia y de la barbarie! -Y bramó mirando al cielo- ¡Esa es la única verdad mayúscula!"

El niño, que no ha dejado de asomarse en ningún momento le mira extrañado y le dice: señor, yo no quiero interrumpirle, pero yo solo veo mi reflejo y una cordillera nevada.

El narrador me contó una vez que mientras leía en un baño de mi residencia escuchó una voz grave que decía: los panes de leche no bailan en cementerios. Pobre narrador... tan cuerdo... le estrangularon los niños que saltaban sobre la cama elástica. Pero... ¿qué es la felicidad? -preguntaría el narrador si estuviese vivo. Y juro solemnemente que si me lo preguntase ahora le hubiese respondido.
Narrador
R.I.P
?-11/11/2012
¡Oh, alguien dejó flores en mi tumba! 

1 comentario:

  1. Tan deliciosamente demente... ahora sólo quiero bailar en tumbas elásticas cual panecillo de leche.

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