Imagínate un vaso de chupito en continuo desborde bajo un grifo abierto, o intenta beber agua de una cascada... bebes poco y además te parte la cara, esa es la sensación; ser medianamente responsable se torna adjetivo imprescindible para no depender de la ayuda de los demás, sustantivo omnipresente, y no-ayudar se vuelve verbo inconcebible. Pese a todo, la única rutina que existe aquí es la de salir todas las noches. Son las seis de la tarde, misma hora en España, y ya está oscureciendo: dentro de doce horas aquí hace un frío que duele.
Hace poco más de doce horas estaba con Roxy en un antiguo búnquer nuclear que ahora es una discoteca. Roxy es uno de esos motes que se ponen porque sí, en verdad se llama Elisa, y hemos decidido, porque sí también, que aquí seremos primos. Sin duda es mi mejor amiga junto a una americana a la que se le da genial describir emocionalmente todo lo bueno de las situaciones. A Elisa la conocí con sus padres cuando yo estaba barriendo el suelo del cuarto de baño en calzones (baños mixtos y duchas mixtas). Me acababa de rapar. Yo medio en pelotas, y sus padres, que la acompañaron hasta Praga, miran dentro del baño para ver dónde se va a duchar su querida hija el resto del año. Contra todo pronóstico les caí bien. Yo les saludo cordialmente como si fuese de traje y Elisa me dice: yo te conozco. Y efectivamente me conocía, el mundo es un clinex: muchos amigos en común del colegio al que ella iba, el Estudio, uno de los pocos nidos educativos privados y de izquierdas que quedan por España, colegio al que siempre fue Gonzalo Álvarez, ese Goncho al que todos conocéis y al que yo veré este miércoles. Epa.
Aunque parezca que me estoy yendo por las ramas existe una relación directa entre que yo conociese a gente del Estudio y que acabase en un búnquer anoche, a saber, que unos checos con los que el Estudio hizo un intercambio hace incontables años, a los que yo conocí en el retiro, estaban en una discoteca alucinante entre ladrillos pintados por el Demonio de Tazmania con dos brochas y mil colores altamente psicotrópicos, y la llamaron a ella y ella estaba conmigo, y fuimos, abandonando un concierto de tributo a los red hots... Cuando les encontramos ya no sabíamos en qué puto nivel estábamos de aquel laberinto: una sala con música, una lámpara de cristal y la mesa redonda de Camelot, y como no había nadie para quejarse me hice uno en nombre del Rey Arturo. Y nos quedamos sin fuerzas, a muchos metros bajo el suelo sentados alrededor de una mesa redonda que rotaba en su eje interior, y casi nos ahogamos de la risa por pensar qué pasaría si girase la parte de fuera... el checo con el que estábamos saca un polvo marrón y le da un poco a su novia, se lo esnifan... me cuentan que es tabaco y yo les pido que me dejen probarlo... era tabaco, no lo había visto en la vida. Una tos cercana me ofrece las últimas caldas de Camelot, y me tumbo, y todo da vueltas menos la mesa, entonces decidimos irnos soñando con un vaso de leche con cereales, con nuestro querido sótano y unos capítulos de Hora de Aventuras, joder, cómo me gustan esos planes.
Esperando al tranvía empieza el baile de borrachos, sentados sin hablar nos reímos en silencio de la gente que se tambalea. Nos subimos al tranvía con nuestros cuentos sin contar a las espaldas y nos miramos unos a otros en ese idioma universal que sabemos todos a partir de ciertas horas, y otras tantas copas. Con nuestros pensamientos ojerosos, profundamente inconcentrados en las luces de las farolas, que pasan una tras otra, el puto Hamster otra vez, hasta que llega a lo que ya llamas tu casa.
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