Antes
o después surge una pregunta trascendente en la proyección
artística en cualquiera de sus vertientes, y sea cual sea la
respuesta, ésta ha de esculpir la reacción estética del mundo
propio en disolución con lo desconocido. Esta pregunta cae sobre el
ejercicio artístico para poner la duda donde antes solo había una
certeza sin cuestionar, es decir, inmadura, sin que su respuesta
implique, sin embargo, la conquista de la madurez, la cual espera
siempre tras la pregunta definitiva que queda por formular.
Tras
años pintando graffiti, pintando kron de mil
maneras distintas llego a la conclusión personal de que la mil uno
me dejará de nuevo insatisfecho: ¿arte en el mundo o mundo en el
arte? Y dejé de exprimir las cuatro letritas cuando me di cuenta que
desde mi experiencia el arte en el mundo no era suficiente: el
contenido eclipsado constantemente por la exigencia de la forma y una
forma condicionada a su vez por la tradición: esto deja poco margen
de maniobra... al graffiti que he conocido y hecho le faltaba el
mundo ¿Arte en el mundo o mundo en el arte? En un extremo está el
arte puro como torre de marfil, esa cima del monte Parnaso dónde
residen las musas; en el otro está el compromiso del artista con su
tiempo, ese Quevedo y su patria de muros cansados o ese Sartre con
Argelia o Dostojevski con la tisis moscovita. Para conectar los
extremos, es decir, "la flor azul de oro verde" con "los
vómitos de sangre roja como la regla de tu hermana"
-como dirían Los chikos del maíz- acudimos a las
licencias de la metáfora. ¿Y a qué viene toda esta parrafada
archi-pedante? Pues no lo voy a decir, porque considero equívocamente
necesaria vuestra incomprensión para que la verdad de lo que sigue
no pierda su carácter tan brillante como incongruente.
Hace
unos días me sucedió algo del todo incomprensible que trato de
explicar para poder comprender algo del todo inexplicable, algo que
con toda certeza se perderá si soy capaz de barnizarlo con palabras que no sean las del recuerdo primitivo: epifanía... no se si me explico: espero que no.
En la estación de Malostranská espero al metro que me lleve a Mustek, donde tengo clase a las 16:15. Un hombre y su hija, que parecían de origen rumano y etnia gitana. Dos policías y una checa que hacía de traductora. El padre de la niña con un acordeón, la niña con un abrigo de colores, la policía de uniforme con pistolas y porras, y la checa con un paraguas. Me quedo mirando a dos metros y mil mundos de distancia, con una mochila llena de libros en otro idioma, los documentos de mi cartera me alejan del hombre y de su hija, los libros me alejan de las porras y de los uniformes con hombres dentro y dos metros de distancia y un idioma me alejan de la traductora.
La policía le ordena al hombre que deje en el suelo el acordeón, seguramente su única fuente de ingresos para él y su hija, y este obedece, dubitativo, con la cara del pescador al que le roban su barca. Y yo a dos metros y mil mundos curioso por saber lo que estaba pasando. Podría decirse que eran inmigrantes ilegales, pero eso le importaba al uniforme que cargaba con la incómoda conciencia de un hombre, no a mí... qué triste vivir en un mundo en el que eso podría decirse... entonces la niña y gitana e hija de un padre que dejó por culpa de un uniforme su acordeón, se gira ciento ochenta grados y se encuentra con mi mirada, y sonríe, me sonríe, como diciéndome: no te preocupes, que yo soy libre. Mientras me sigue mirando me sigue sonriendo y le da la espalda a dos uniformes, a un acordeón y a un paraguas. Yo le respondo con el esfuerzo de devolverle la mejor de mis sonrisas sin entender nada, pero qué triste la sonrisa que necesita entender... y me tuve que ir, sintiéndome de nuevo un crío y ella se tuvo que quedar, con los uniformes, el padre, el acordeón y el paraguas; yo me llevé mis libros y su sonrisa de gigante, de niña, esa que no quiero entender para que siga siendo su sonrisa, esa que me regaló, y no mi pobre forma de explicarla, no se si me explico, espero que no.
Realmente genial :)
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