Una tras otra salen las caras que ni busco ni reconozco de esa puerta que tienen todos los aeropuertos -me encanta mirar a la gente que sale por esa puerta, buscando con ansia el rostro que le demuestre a los que esperamos por otro que el suyo también quería ser encontrado, pero que triste es ver a la gente que lo busca y no lo encuentra-, imagino que sabes a que puerta me refiero, también se podrían escribir mil páginas hablando solamente de esa puerta pero esa es otra historia, entonces aparece Gonzalo y la puerta deja de repente de interesarme.
- ¿¡Qué pasoooooooo?! -fue lo primero que me dijo, y más contentos que Rajoy con una tijera cogimos el 179 dirección Vetrnik, donde cutre y majestuosa se alza en el medio de calles sin más mi residencia. En el pasillo nos encontramos a Marta, a Cristina y a María -unas chicas gallegas que no se cortan a la hora de ser buenísima gente- y a Elisa, a quien Goncho ya conocía porque fueron al mismo colegio (véase El tranvía que me lleva a casa, (siempre he querido poder escribir ese véase entre paréntesis)). Apenas llegamos nos vamos los dos al centro y acabamos en el K4 con Keka y sus amigas, un bar subterráneo donde los universitarios se juntan como gusanos cultos a ser cultos juntos, pero es barato, no dejan fumar (lo que se agradece cuando uno convive con la ropa sucia en un cuarto que podría saltarme a lo ancho), de vez en cuando regala música en directo y cuando no, dejan de fondo Parov Stelar o mamadas auditivas semejantes, y como no en mi amada Praga, hay un piano que me deja hacerle caricias mecánicas aunque el martillo del Mi más importante del mundo esté medio suelto (¿os habéis fijado en que las palabras amada y mamada solo se llevan una m de diferencia? Yo me acabo de dar cuenta). Nos despedimos cordialmente y volvemos entusiasmados a la residencia.
Una vez allí empieza a aparecer la gente: dicen de salir -qué sorpresa- y aunque yo no quería ir porque tenía clase a las nueve al día siguiente me estranguló de nuevo esa sensación de que cada noche es como un regalo sin abrir, y acabamos en una discoteca de mierda en la que Goncho y yo nos lo hubiésemos pasado mejor si en vez de pinchar el dj hubiese cantado -otro latin-lover pinchando latin-shit para masas ebrias de erasmus-. Pero en lo que cogíamos prestada una cerveza de aquí y otra de allá, Goncho le da un par de caladas de ice-o-lator (bajo mis súplicas) para que se callase a un portugués que no paraba de pedirnos cosas... al final nos divertimos fantaseando sobre los días en los que iba a estar aquí y dejamos al portugués sentado viendo fantasmas.
Duermo dos horas y me piro a la uni porque tenía tres clases, voy a la primera, para la segunda tendría que haber mirado el correo porque el profesor estaba enfermo, y para la tercera debí haber mirado mejor el horario: era a las dos y yo esperando, tirado en un césped de Starometska con Gonzalo y con Cecilia -una chica andaluza que se fue a las dos-, hasta las cuatro para darme cuenta frente a la puerta de que había terminado hacía media hora. Muy bien Alberto. Otra vez mis huebos con B y otra vez pensando con faltas de orto-grafía. Y a todo esto yo había dormido dos horas, igual que hoy...joder que sueño tengo...ayer salimos y me quedé dormido en el tranvía de vuelta: si a eso le sumas un "el conductor no me vio" resulta un despertar atrapado cuando el tranvía ya no circula y un tener que tirar de la palanca de emergencia elevado a una alarma mas un guardia, te llevas tres kiómetros de pateo mañaveral bajo un frío terroroso y le restas dos clases a las que debí haber ido antes de abrir los ojos... Huebos. Creo que culpabilidad + resaca de una botella baratísima de vodka casi entera = ecuación apocalíptico-agorafóbica, pero esa es otra historia... y yo lo siento, pero como dice ese refrán que hasta ahora no existía: (léase con acento de madre en bata)
Cuando uno empieza
a sumar narraciones
y a inventarse palabras
es el momento juuuusto
de irse a la cama.
Pozdrav z druhé strany
gracias por la mención, es todo un honor ;)
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